(Parte 1-Boceto)
Ingresé en el
peor momento. El tiempo había sido mi enemigo desde el primer día, hoy no iba a
perder la racha. El cuerpo yacía desvanecido en la oscuridad de la entrada al
edificio y sin ningún rastro de vida. El único pulso existente lo transmitía un
paddle watch que me había regalado mi suegra aquel 20 de abril de 1985. Y
aunque creía que esa mujer no iba a lograr generar ninguna esperanza en mí, 8
años más tarde logré sorprenderme.
Eran las 02.48
de la madrugada de un martes invernal y venía de pasar una noche con una amiga
que no veía hace tiempo. Por un atentado emocional decidí descartar la idea de
quedarme en su casa cuando me lo propuso.
Venía de Villa
Urquiza y esta vez quise tomarme un taxi para ir a once, lo único que deseaba
era reencontrarme con la cama. Del taxi prefiero no hablar, cada vez más los
tacheros porteños se vuelven menos simpáticos y uno pierde la esperanza de
encontrar buenas historias. Bajé en la avenida Belgrano al 2600, tomé la llave
que se encontraba en el bolsillo interno de mi campera vaquera y de repente me
encontré con una situación bastante particular: La luz del edificio se
encontraba apagada, al tiempo deduje que se había quemado el automático porque
al fondo se vislumbraba un puñado de luz que venía de la cerradura del
encargado. Abrí como pude y comencé a sentir un olor desagradable. Ahí fue
cuando tropecé mientras me tapaba la nariz con la campera. Prendí el celular
para alumbrar y lo primero que captaron mis ojos fue una bota marrón de una
talla 44, 45…el resto fue el cuerpo en su totalidad acostado sobre el piso frío
del edificio a pocos metro del primer ascensor.
Era un hombre
esbelto de unos 46 años de edad, algunas arrugas en su rostro que evidenciaban golpes
de la vida y el sacrificio como cabeza de una familia que nunca la faltó el pan
en la mesa, piel morena, con algunas manchas por debajo de la mejilla
izquierda, un lunar en la derecha y una pequeña verruga en la oreja izquierda. Quizás
su pelo canoso me hubiera inclinado a unos 50 años, pero había algo en su
mirada que lograba convencerme de que estaba a mitad de camino.
No quise
ponerme a revisar demasiado, uno desconoce qué tipo de contacto con la víctima
puede involucrarlo en una historia de
nunca acabar. Solo observé acercándome lo más que pude al cuerpo para no perder
ningún dato que pueda ser vital en la investigación. No era un buen momento
para llamar a la policía.
De pronto un
silbido, como una pava en el momento nirvana de la ebullición y luego… la
explosión.
-
Vos no tenés que estar acá Eugenio- me dijo un
hombre de unos 80 años despeinado y con quemaduras en el rostro.
-
¿Quien sos?
-
El arte es más fuerte que el precio de un marco
en una feria de san telmo. La vida es más profunda en las calles cuando se
esconde el sol y las monedas no sirven para curar lo dañino que tus gobernantes
instalaron en décadas de gestión.
-
Mario? Dios? Alucino?
-
El hombre no tiene fe en sí mismo y decide creer
en algo para sentirse real. El hombre no es hombre y la vida es tu muerte. Esclavo
tuyo sos!!! Imberbes, masoquistas! Jueguen con fuego, denle amor al niño y al
pan.
- Se solicita al
enfermero Rawson en la sala de operaciones. Rawson presentarse en el quirófano.
- Esperá
Gerardo, la anestesia no hizo efecto.
- Cómo? Qué?
- Dónde estoy,
qué me hacen? Sangre, sangre….
(Oscuridad)
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